Montañas

– Para mí las montañas encierran un misterio. ¿Qué llevan dentro? – preguntó Cristina mientras observaba con curiosidad la imponente montaña que se asomaba por su ventanilla del auto.

Puerto de la Imaginación

noviembre 22, 2023

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Por Fernanda Porras.
Del sitio web:
https://bibliotecadefer.wordpress.com/2022/10/25/historias/
– Para mí las montañas encierran un misterio. ¿Qué llevan dentro? – preguntó Cristina mientras observaba con curiosidad la imponente montaña que se asomaba por su ventanilla del auto. Iban ella y sus acompañantes rumbo al descanso, un lugar mágico donde salir de la rutina, escapar del mundo y olvidarse de todo era en realidad posible.

Aquel comentario fue un inevitable, salió a bocajarro como un pensamiento en voz alta que pensó se ahogaría en el auto bajo la música a todo volumen o las diferentes conversaciones que se llevaban allí en simultáneo. Y así fue, ninguna de las mujeres que habían emprendido ese viaje prestó mayor atención al comentario de Cristina, excepto una respuesta por decencia de sonidos que confirmaban no haber prestado nada de atención. Cristina solo sonrió a saber que aunque sus pensamientos hubiesen escapado de sí, seguían a salvo.

      Al llegar a su destino, todas corrieron a desempacar, a escoger sus habitaciones y a pedir a la dueña de casa un café que lograse combatir el frío que calaba en los huesos. Cristina, por el contrario, decidió buscar el lugar más cómodo de la casa, ponerse lo más caliente que tuviese y buscar con la mirada una vez más las montañas. Había algo, una especie de sustancia hipnótica que la llevaba a pensar en las montañas, que no le permitía quitarles la mirada de encima, algo que la atraía, que la llamaba, que la invitaba a acudir. Pasó en esa posición un buen rato, hasta que una de sus amigas le trajo un café, interrumpiendo así sus cavilaciones. Lo recibió con una sonrisa y decidió que era hora de dejar de huir de sus amigas y disfrutar el tiempo con ellas.

      Aquella noche hicieron palomitas y pusieron su película de comedia romántica favorita. Se divirtieron y decidieron que era hora de ir a dormir tan pronto la noche de chicas terminó. Todas cayeron de inmediato en un profundo sueño, excepto ella, Cristina. A ella le tomó un par de horas lograr conciliar el sueño, luchando con los pensamientos atropellados que agobiaban su mente, y cuando al fin lo logró, entre sueños empezó a escuchar un quejido, un lamento que la llamaba y ella invitaba a descubrir lo que su mente tanto se preguntaba.

       Durante el sueño, escuchó el llanto de la montaña, no como el quejido de un niño pequeño que extraña a su madre, sino como el dolor profundo de un adulto que ha perdido a su hijo, ese dolor insoportable e indecible que no tiene forma de articularse en vocablos sino que desgarra el alma y hace que quien sufre emita sonidos horribles, guturales y casi diabólicos, amenazando a su víctima con la locura. Estaba segura de que era el espíritu, el que por alguna razón tuvo certeza habitaba en las montañas. Sus sonidos le helaron el corazón, mientras a la vez deseaba profundamente acudir a su encuentro. Fue así, durante el sueño, que sintió una mano amable y dulce que la sacaba de su cama y a invitaba a recorrer los cielos para llegar a su destino, y ella no pudo negarse. Acudió al tan esperado encuentro que saciaría por fin su curiosidad.

       Navegó los cielos halada por una magia desconocida y cómoda que la hacía sentir viva. Vio desde arriba la pradera, las casas, las luces del pueblo y montañas pequeñas, hasta que, con gran sutileza y habilidad, esta fuerza que la sostenía la depositó frente a una pequeña cavidad rocosa que parecía un túnel. Este permitía adentrarse casi al corazón de la formación, lo cual hizo sin dudar. Descalza, con su pijama que poco calor le brindaba y el cabello suelto, sintió cómo sus pasos empezaban a guiarla hacia algo que aún desconocía. Al encontrarse en la zona más oscura de la cueva, un frío insoportable acompañado de una corriente de aire le impedían mantenerse en pie. Fue ahí cuando despertó; al abrir los ojos se encontró en la cueva, con los pies helados y dos ojos brillantes mirándola atentamente. – Bienvenida al fin a casa, querida – fue lo último que escuchó antes de perder la consciencia.

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