Biodrama de la Mamba Negra

Diana Acosta Rippe

Puerto de la Imaginación

abril 9, 2026

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A Andy Gamboa Arguedas

Quien ha nacido o vive en Latinoamérica sabe, casi desde la infancia, que no hay tiempo para llorar. La vida aquí se impone con una violencia silenciosa y constante: demasiada desgracia, demasiado caos, demasiados trámites, ruidos, disputas y urgencias como para concederse el lujo de la tristeza. No se la habita: se la carga. Como una marca en la piel o como una gestación oscura que no culmina nunca.

El tiempo es breve, tan breve como las vidas de tantos que, en esta fracción del continente, terminan rozándose con otros cuerpos en el fondo del mar o en fosas comunes y sin nombre. Las madres caminan por plazas y centros comerciales con una dignidad callada, sin explicar jamás lo que implica ser Atlas: sostener un mundo que les obligó a ser sostenido. Aquí no se vive: se sobrevive. La mula que me parió no es ajena a esta verdad. La obra se abre como una grieta por la que asoma nuestra idiosincrasia más profunda.

Mujeres de una lucidez casi poética, entregadas a hombres que son pillos. Pillos que no dejan de serlo, aun cuando son incondicionalmente amados. Pillos buenos. Pillos malos padres. Hijos, hijas que oscilan entre la herencia y la ruptura. Madres que insultan a sus hijas con palabras heredadas, repitiendo una violencia que las precede. Madres que devienen padre. Padres que devienen ausencia y condena. Hijos que son el padre, el hijo y el espíritu santo.

La mula que me parió es, en el fondo, la metáfora del parto perpetuo. Un tránsito sutil y agónico cuya violencia, paradójicamente, se vuelve imperceptible de tanto repetirse. Así funciona el dolor cuando se vuelve estructura. Y es que la vida es terca, como una mula.
La mamba negra no ataca de inmediato. Antes anestesia. Solo después muerde. Y la presa no necesariamente humana pero siempre animal, cae sin haber sentido el golpe.

Convulsiona, se paraliza, muere sin comprender. Así opera esta obra: cuando el espectador advierte que ha sido atrapado, ya es tarde, pronto nota que está preso de belleza y dolor.

Escrita, actuada, escenificada y dirigida por el artista costarricense Andy Gamboa Arguedas, La mula que me parió, captura a su público con una belleza que duele. Las mujeres que habitan esta obra madres e hijas, hermanas y abuelas forman una constelación de carne y memoria que no se puede abandonar sin quedar marcado, pero es que Andy Gamboa se ha convertido en el padre del Biodrama. Pocos, con decir que casi ninguno, logra labrar con tal precisión la delgada línea entre biografía y artificio.

La obra renombra a Doña Sandra Arguedas, madre del artista, mediante una apología de la mula: ese animal noble, inteligente y sensible que la cultura ha reducido a bestia de carga y es que la vida así ha tratado a Doña Sandra, no siempre, pero ha sucedido. “Terca como una mula”, se dice con desprecio. Pero aquí la terquedad es virtud moral. No es obstinación vacía: es la negativa radical a desaparecer, es la voluntad de resistencia: como un álamo que se erige durante cientos de años sobre un cenote. Una terquedad que avanza aun con las patas heridas, que no se detiene porque detenerse equivaldría a morir y morir no está en esta naturaleza.

Doña Sandra encarna a la mujer que persiste. Que rebate su honor y la libertad cara a cara con la muerte si es necesario para devolver a sus hijos intactos al mundo. La mamba es la obra; la mula, el símbolo de quien carga incluso aquello que no le pertenece: hijos, sacos, dolores, culpas ajenas.

La figura de “Pichón” (padre de la mayoría de los hijos de Doña Sandra y eje de otro biodrama de Gamboa: Memorias de Pichón) aparece como la huella del abandono. Desde niña, Sandra aprendió a vivir en la contradicción entre la felicidad posible y el peso impuesto. Ser mujer en Latinoamérica no es sencillo; ser madre soltera es una condena social; ser mula es un destino que no se elige.

Andy Gamboa, ya no solo como creador sino como actor, logra que el espectador no pueda evitar enfrentarse consigo mismo. En Doña Sandra, en la abuela, en la sirena —figura presente en Autopsia de una sirena— reconocemos a nuestras propias mujeres: las
que cargaron el futuro y sobrevivieron al pasado, las que ahora nadan en la memoria del mar. Todo esto ocurre bajo la sombra de Estados ausentes, indiferentes a la vida concreta y cierta.

El cuerpo del actor no es solo entrenamiento: es escritura. Su contención ritual recuerda al teatro NO o a la danza Butoh. Con mínimos y precisos desplazamientos, hace visible el peso de ser hombre en apariencia y memoria en esencia. El público lee en su cuerpo una historia que no necesita palabras. Sus movimientos son la gramática de su cuerpo.

La dramaturgia permite que el cuerpo se vuelva texto. La mamba, la mula, el pichón, la sirena: figuras que no son símbolos sino destinos. Y, sin embargo, la obra no cae en la exposición obscena del dolor ni en las victimizaciones excesivas y para las que los personajes no tienen tiempo. Hay pudor. Hay ética y estética. Andy Gamboa no revictimiza: agradece, hace un himno cargado de otros himnos. Hilvana la escena como quien pronuncia el nombre de un desaparecido con cuidado reverencial.

Como una boa constrictor, la obra envuelve lentamente al público. Primero acaricia. Luego aprieta hasta dejarnos sin aliento y obligarnos a preguntarnos si reímos cuando no debimos, si lloramos demasiado tarde.

Con precisión y belleza austera, La mula que me parió convierte el cuerpo en poema y la memoria en acto. Y en ese gesto, justifica una genealogía y erige una presencia en un mundo que tantas veces ha preferido olvidar.

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