Como el intento de actriz y lectora que soy, puedo decir sobre José Ignacio Cabrujas que me he sentido siempre convocada por la manera en que su teatro conversa con la vida diaria y con las preguntas íntimas que una sociedad se hace cuando intenta mirarse sin disfraces. Cabrujas no escribió desde la distancia ni desde la superioridad intelectual, escribió desde una preocupación honesta por la cultura, la memoria y el lenguaje con el que un país se nombra y se justifica. Su teatro (su palabra) hoy es latente en medio de las amenazas de hombrecitos que no pierden la oportunidad de mostrar su poder destructor: devastador. El teatro de Cabrujas aborda frentes necesarios para la humanidad, su fuerza reside en esa capacidad de observar lo aparentemente simple: los gestos cotidianos, las frases heredadas, los personajes del día a día, los lugares comunes y transformarlo en teatro con ironía, claridad y una profunda humanidad.
Encuentro en su obra la multiplicidad de identidades que ha inmortalizado Fernando Pessoa, los encuentro en esa desconfianza hacia las identidades cerradas y en el desdoblamiento constante entre lo que se dice y lo que realmente se vive, entre los muchos seres que somos siendo uno y ninguno. También con Rosario Castellanos, por la forma en que ambos interrogan los discursos oficiales y las verdades aceptadas, no desde la confrontación sumisa, sino desde una palabra reflexiva, desde la perspectiva del pueblo nativo explotado, esclavizado mil veces: crítica éticamente comprometida con la justicia. En ellos hay una atención constante hacia el lugar del individuo y la comunidad frente a la historia y al poder.
Latinoamérica es un lugar y un tiempo en donde no somos de ningún lado, la mezcla nos impide entendernos con una identidad específica y eso no es solo humano y necesario sino tremendamente poético. Ser de aquí y no ser al mismo tiempo: una mitología errante. Esto es hasta "pessoano", no queriendo equivaler con formas europeas nuestras maneras de entendernos, simplemente tratando de comprender que ser o tener una identidad específica es algo que, como latinoamericanos y latinoamericanas, no nos fue ni nos es dado.
José Ignacio Cabrujasm, venezolano, latinoamericano, diáloga igualmente con Mario Benedetti en su deseo de hablarle a un lector y lectora y a un espectador y espectadora del común, sin renunciar nunca a la profundidad. Hablar del café y del bus colectivo sin perder de vista la filosofía que ello implica. Como Benedetti, cree en la palabra como espacio de encuentro y de responsabilidad colectiva. Con Facundo Cabral comparte una mirada despojada, escéptica pero compasiva, frente a las grandes promesas y los discursos grandilocuentes de figurillas de cuarto de hora. Y con Silvio Rodríguez coincide en esa tensión persistente entre utopía y desencanto, en la necesidad de pensar lo político desde la sensibilidad, la duda y la conciencia personal. Es que no somos individuos, no estamos solos en el planeta, somos colectivo y somos individuo que, a su vez, es muchos otros y otras.
En todos ellos, y de manera muy particular en Cabrujas, percibo una misma elección ética: usar la palabra no para clausurar sentidos ni imponer respuestas, sino para acompañar preguntas que siguen abiertas y que, quizá por eso mismo son necesarias en Latinoamérica y el mundo.